La buena vecina.
Los últimos años se mostraba, cuando hablábamos, quejosa. Decía que no le avisaban de las reuniones de vecinos (y es que ya no tenía la cabeza para muchas cosas) y que ya no conocía a nadie de la escalera (que ciertamente, se está llenando de misteriosos propietarios de países del Este de Europa).
Con ella se ha ido también la última persona de toda una generación que ocupó las diferentes plantas cuando se inauguraron. Y con ella se van también todas unas buenas formas de vecindad que parecen haber pasado a mejor vida. Recuerdo lo contenta y descansada que se mostró cuando le dije que sí, que casi toda la escalera se vaciaba durante el verano, pero que no cundiera el pánico, que ahí permanecería yo para lo que necesitase.
No tenía intención de ir a su funeral, por compromisos familiares previos, pero una comida que se ha acabado insospechadamente pronto me ha ofrecido un hueco que he aprovechado para acercarme. Aunque inicialmente me he sentido como un intruso en medio de toda su numerosa familia, no me he arrepentido.
Siendo ella muy religiosa, un sacerdote, que ha cumplido discretamente (es decir, sin ostentación ni protagonismo) con su cometido, ha oficiado el funeral. En el altar he apreciado, colocada para la ocasión, una miniatura de la Virgen de Montserrat, en alusión a su patrona, de la misma forma que le ha despedido el auditorio a coro -con una voz femenina que no sé si correspondía a una familiar o a una cantante profesional, pues lo hacía muy bien- entonando un Virolai que me ha sonado en esta ocasión a íntimo y cercano. Poca cosa que señalar sobre una (muy corta) ceremonia religiosa que ya prácticamente sólo conozco por actos como éste. Únicamente que he observado por primera vez que se han adaptado a los tiempos y la orden de ponerse en pie, que antes era taxativa y universal, ahora la preceden de un “los que puedan”. Y -esto ya lo había visto en otras ocasiones, chocándome, dada la educación recibida, siempre- que se aplaude no sólo las declaraciones de familiares o amigos, sino hasta el sermón del cura.
Han pasado por el atril sobrinos suyos para decir unas palabras en su recuerdo. No ha podido con la emoción, que le cortaba la voz, un sobrino, quien me parece ha sido el principal organizador del acto, y entonces ha dicho que, en su lugar, leería el mensaje que les ha enviado la cuidadora que estuvo con ella hasta el último momento, pues les había parecido muy bonito. Cada vez que la emoción le vencía, achacaba la parada a una coma mal situada. Han habido unas cuantas.
Y la ceremonia en sí ha acabado con un carrusel de fotografías sobre diferentes momentos de su vida, culminadlas con un par de grabaciones de vídeo. Como pasó hace años con su hermano, se ha vuelto a descubrir que los Xalabarder tienen mano en eso de escoger fotografías esenciales. Lo proyectado ha permitido descubrirnos, primero, que Montserrat fue una niña con unos ojos y mirada muy profunda. Luego cómo se preocupaba por sus sobrinos, cómo las gafas pasaban a esconder esos ojos con las que ya la conocí (genial esa foto de ella, tan suya, en su sillón, leyendo La Vanguardia) y, finalmente -con ella contestando a una pregunta sobre sus deseos sobre qué hacer en el futuro, mirando a cámara- su carácter irónico y potente.
