Botín obtenido en tres librerías de París. En esta ocasión, todo alrededor del cine.
Las peras del huerto de papá (memorias)
domingo, 11 de enero de 2026
lunes, 29 de diciembre de 2025
BB
Va de memorias personales.
Aunque algunos han hablado de su campaña contra la matanza de los bebés focas y otros de sus debilidades lepenianas de mayor, es normal que todo el mundo rememore ahora a la BB sex-simbol de sus inicios.
Recuerdo alguna conversación en corrillo, todos medio asustados, a la salida del colegio, con los dos más avanzados hablando de ella y de imágenes de ella… que ninguno habíamos visto.
En un piso de las Ramblas, en el edificio que hace esquina con la calle Portaferrissa, estaba Cine Familiar. Allí tenían un amplio catálogo de películas en S8 mm que alquilaban por un módico precio. Estudiábamos a conciencia su catálogo (algo por cierto que, aunque fuera con sus deficiencias de entonces, es imposible de reproducir ahora con ninguna plataforma), repleto de piezas de lo más exótico, que te hacías cruces de cómo les habían llegado.
La mayoría, con títulos puestos bastante a la tuntún, eran piezas de cine cómico y otras que hacían honor al pacato nombre de la casa de alquiler. Recuerdo que completaban la oferta -en una época de pocas evasiones reales- con mucha cinta de viajes turísticos horrorosas, llenas de músicas hispanas.
Nosotros escogíamos de entre el catálogo de películas clásicas de terror -aunque no sé si me estoy confundiendo con alguna de las históricas que dejaba Miquel Porter Moix en su CO.CI.CA.- que llegábamos a proyectar por la noche sobre la fachada del edificio de enfrente y, como digo, adicionalmente siempre caían unos minutos de Brigitte Bardot.
La decepción era entonces enorme. Donde pensábamos adentrarnos por caminos de lo más excitantes aparecían ridículos reportajes insulsos sobre la chica.
domingo, 9 de noviembre de 2025
Antoni de Moragas. Paname
Sé que tienen un papel paliativo dentro del proceso ese del duelo, pero voy teniendo el convencimiento de que este tipo de ceremonias, para no ser tan dolorosas entre la gente realmente afectada por el fallecimiento, iría bien hacerlas pasado, no sé, del orden de un trimestre, seis meses o incluso un año. Así permitirían a todo el mundo de ese círculo, sin dejar de emocionarse con el recuerdo inmediato, poder expresar sin miedo a morir en el intento todo lo que el recuerdo de quien se despide, bien aquilatado, incluso con los claroscuros que toda personalidad fuerte tiene, les dicte. Lo digo sin mucho convencimiento, claro, porque entre otras cosas, a ver dónde y cómo estaremos cada uno dentro de un tiempo, si es que estamos.
Hoy, la despedida de Antoni de Moragas había transcurrido sin dramas sicilianos, con apenas mínimas roturas de voz y además cuando el trabajo encomendado estaba ya hecho. Enfocaba ya Leo Ferré el final de su “Paname”, dando un vistoso toque final a la ceremonia, que permitiría salir de la sala de Les Corts con cierta prestancia a todos, cuando una personita aún no sometida a ningún compromiso social, su nieta, ha debido notar los ojos llorosos de su padre y darse cuenta que, aunque la música que se oía invitaba a seguir brincando con la alegría con la que había brincado poco antes por los sofás de por arriba, la cosa no debía tener nada de alegre, sino todo lo contrario, y ha prorrumpido en unos descarnados, continuos y desconsolados sollozos, traspasando a todo el auditorio la profunda naturaleza del motivo de la reunión.
Independientemente de este detalle, la ceremonia, totalmente laica, aguantada y admitida como tal por personas muy próximas de gran convicción religiosa, planificada perfectamente, ha resultado de una sobriedad enorme, poco frecuente en este tipo de actos.
Antonio de Moragas, ya sabedor de lo irremediable de su muy próximo final, sabiendo que iba a finalizar su recorrido por este mundo suavemente, sin sufrir dolores, pensó que aún faltaba acordar cómo deseaba que fuera su funeral. Alguna sugerencia específica le oí de sus propios labios y ha sido cumplida a pies juntillas, pero sin fuerzas para asumir él la disposición de todos los detalles, extendió su dedo índice y dio un nombre de quién le gustaría que la estructurase, así pudiendo desentenderse él del tema con absoluta confianza. El nombre que dio fue el de Jordi Ibañez, a quien dispensaba una admiración grande y le ha tocado velar en este entierro (nunca mejor dicho).
Jordi Ibáñez habló con el hijo de Antoni y entre ambos acordaron que habría simplemente una serie de intervenciones todas sucediéndose entre una canción inicial y una final, y con el fondo de una fotografía suya, no sé si en su antigua casa de Begur, que creo había visto alguna vez, pero que no ha habido forma que encontrara entre sus fotos de Facebook, que he recorrido de arriba hasta el límite inferior que me ha permitido la tableta sin éxito alguno. Es por eso que en vez de esa foto cuelgo aquí otra suya que, aunque no esté del todo bien enfocada, veremos luego, por la presencia del puente de Triana y del Guadalquivir, que viene también a cuento.
Antes de todo eso, ha salido a dar la bienvenida a los asistentes su hijo, Antoni-Italo, (que, entre paréntesis, me ha confirmado el concepto que tenía de él como buenísima persona, que ha alcanzado momentos de compenetración y compañerismo con su padre importantes) y ha sido él mismo quien ha mencionado finalmente cómo se desarrollaría el acto, explicando antes, con cuatro frases, muchas de las características de ese padre que le tocó en suerte, que todos los que lo conocieron podrían confirmar. Lo que más me ha llegado y he retenido ha sido su explicación inicial del nombre con el que le bautizaron. El Antoni parecía destinarlo a seguir la saga de varias generaciones de arquitectos, aunque luego su padre, haciendo gala de amante absoluto de la libertad que le definía -ha explicado-no le reprochara nunca su abandono de esa carrera tras cursar su primer curso, su paso a Filosofía (que sufrió igual suerte) y finalmente a Matemáticas, sino al contrario, le apoyara en todo lo que fue decidiendo. Más difícil fue pegarle el Italo al Antoni, porque no se admitía oficialmente tan extraño nombre, ajeno al santoral. Fue empeño de Antoni de Moragas -nos ha explicado esta mañana su hijo- lograr que el cónsul de Italia en Barcelona le diera una carta desarrollando lo común y hasta popular que es ese nombre en ese país, y que firmaba con su nombre propio: Italo. Más tarde Antoni-Italo ha narrado cómo pasado el tiempo desembarcó para sus estudios y amó el país en el que ya le había introducido, con su nombre, su padre. Y cómo su padre se constituyó en el que más viajaba para ir a ver a su hijo a las ciudades de sus estudios y, de paso, volver a esa Italia que tanto le entusiasmaba. Los que le seguíamos por Facebook dimos buena cuenta de esas estancias y de su aprecio por la escasa luz nocturna de las ciudades italianas, de su entusiasmo visceral ante la Piazza de la Annunziata de Florencia y otros varios lugares italianos muy vividos por él.
En este sentido, Jordi Ibañez había escogido, para hacer un emparedado con ellas y las intervenciones, dos canciones francesas. En la primera Yves Montand cantaba “Les temps des cerises”. La segunda, ya lo he mencionado, era el “Paname” de Leo Ferré. Y también, pienso yo, habría podido ser una canción italiana. Pero ya ha estado bien así: no me imagino yo sonando en ese entorno a Gino Paoli -a quien también estimaba mucho- cantando eso de “Ti voglio cullare, cullare…” del “Legata a un granello di sabbia” de Nico Fidenco, ni a Giorgio Gaber, con el que disfrutaba de lo lindo, cantando algo como “Il Conformista”.
Tras “Les temps des cerises” ha aparecido Jordi Ibáñez, quien ha explicado que no podía de ninguna manera rechazar un tal encargo, y explicó, básicamente, su relación con él, sin ahorrar cierta ironía que todos entendimos. Dijo haberlo conocido en dos etapas. Primero, creo recordar que en 1997, en que aparecía ante su grupo (supongo que sería el grupo que instigó la presentación de la candidatura de Pasqual Maragall a la Generalitat), ha dicho que suponía que enviado por Maragall, para saber bien qué tramaban. Era entonces para ellos una persona mayor, que los miraba con cierta distancia despectiva, como diciendo “qué es pensen aquests!” La segunda ocasión las tornas cambiaron. Antoni Marí, que abandonaba la Universidad, le pasaba en cierta forma el relevo, y quiso presentarle una noche de Navidad a Antoni de Moragas. Él iba a montar unos cursos sobre los años 60 y Antoni (que me explicó cien veces que eso de ir ahí de oyente le cambió la vida), asistió a sus clases y siempre era el complemento perfecto -esto lo ha dicho ya Ibañez- para ofrecer su conocimiento directo de los hechos, ofreciendo su amplia batería de anécdotas, que hicieron las delicias de profesor y alumnos. Ahí se forjó su amistad. Luego -completó- le sugirió escribir sus memorias, de forma que él empezó a pasarle en ficheros de WhatsApp escritos sueltos anécdota a anécdota “tal com raja” (cosa que confirmo, porque a mí también me pasó muchos de ellos, que faltaban poner en solfa, pero contenían cosas geniales) y le facilitó un par de alumnas que, en un “Stage Antoni de Moragas” que recordarán toda su vida, le corrigieron y estructuraron un poco toda esa catarata lanzada. Aquí hago yo una anotación inevitable. Le había prometido a Antoni editar sus memorias Jordi Herralde, pero éste se jubiló, Anagrama tenía cada vez más presencia del Grupo Feltrinelli, la situación editorial era ya casi la que es en estos momentos, y si no le negaron taxativamente la edición de su libro, cuando menos le dieron unas largas que acabaron con su paciencia, vio la posibilidad de editarlas en +Bernat y allí lo hizo. Sus memorias, que sacó con el título de “Un intrús benvingut”, contienen cosas geniales, que realmente lo retratan y las hacen muy divertidas, pero están llenas de errores de todo tipo, con repeticiones que también habrían podido suprimirse si, como merecían, hubieran tenido una buena editorial detrás, si es que eso sigue existiendo hoy en día.
La presencia de su faceta como arquitecto en los recuerdos se ha dado luego mediante la presencia en el atril de dos arquitectos mucho más jóvenes que él. Soy fatal fisonomista y tengo nula retención para los nombres. He ido sin tableta y no he tomado en la libretita más que -literalmente- cuatro notas, contando -erróneamente- para lo demás con mi memoria, que a estas horas ya es un coladero. La primera nota era para buscar ahora el apellido del primer arquitecto, que tenía un nombre propio muy sonoro y con eso y el apunte de que fue socio de Manuel Gausà pensaba encontrarlo, pero no ha sido así. Tampoco ha servido de nada que me apuntara la obra que ha comentado hizo colaborando con Antoni (segundo apunte). Vamos, que en internet estará todo, pero yo no sé encontrarlo.
La tercera nota sí me sirve para ahora recordar una de las anécdotas que ha explicado sobre la habilidad de Antoni para engatusar a sus clientes: fueron a una entrevista con Pedro Baleñá como cliente, y lo primero que hizo fue darle una foto de su padre en la plaza de toros viendo torear a Manolete (creo que debe ser una foto de Català Roca, auntentico tesoro, que tenía en su casa en sitio preeminente). Ni que decir que la entrevista fue viento en popa y el contrato se estableció a satisfacción.
La cuarta nota que he tomado en la libretita es el nombre del otro arquitecto, del que sí me sonaba su cara por algún encuentro previo. Se trataba de josé Toral, y ahora he atado rápidamente cabos: del despacho de arquitectos, con obras magníficas, Toral-Peris, habiendo yo conocido mucho más, gracias a Antonio -y la intermediación de Ozu- a ella. Sí he retenido que Toral es quien entrevista largo y tendido a Antoni en una de esas recientes “Converses desenfadades” del Giardinetto que ya he localizado en YouTube, en la que veo que va engranando muchas de sus anécdotas ligadas con la arquitectura y que, desde luego, veré con toda atención y un poco de nostalgia.
Por último ha pasado al atril Victoria Combalia, otra persona a la que sé positivamente que él tenía una gran admiración. Ella ha hablado entre otras cosas de la tertulia en la que primero en el Jose Luis y su continuación, y luego y hasta ahora en el Giardinetto, participaban una serie de notables tertulianos -ella también invitada- un día a la semana, y el hecho que en una de sus últimas compartidas (todo organizado entonces para hacerla en el piso inferior, debido a sus dificultades de movilidad de este último año) le confesó que esa era una de las pocas cosas que le animaban a seguir con vida.
Ha pasado lista de unos cuantos de los nombres que cita en el libro de memorias como amigos, y ahí me ha ensartado un dardo en el corazón soltando también el mío, y es que en verdad me cita, pues fui (¡qué duro se hace emplear este pasado!) su “gran amigo reciente de toda la vida”.
Vicky ha leído también el poema que Antoni vino a decir que quería saliera en su funeral. Un poema, posiblemente de los más logrados que escribió, que le emocionaba especialmente. Y ahora ya podremos ver cuánto tiene que ver con la foto escogida.
“Qué poco te queda rio para ser rio.
Guadalquivir, que tristeza!
Ser tan poco siendo tanto todavia.”
“El día que yo me muera
Echad mis cenizas blancas
Sobre los cauces del rio
Entre Sevilla y Triana.
Que se pierdan en Sanlucar
Como se pierden las aguas
Jugando a hacer caracolas.
Como me pierdo yo mismo.
Yo mismo, cada mañana.
Y que ya nadie me busque
Y que no me busque nadie.
Seré, como el horizonte:
Una línea desangrada.”
Queda dicho. Aunque ya se sabe que son cosas retóricas que se dicen. Tampoco nadie llevó las cenizas de Joan de Sagarra en un Bateau Mouche con todos sus amigos por el Sena, escuchando bellas canciones y completando la fiesta.
miércoles, 15 de octubre de 2025
La buena vecina
La buena vecina.
Los últimos años se mostraba, cuando hablábamos, quejosa. Decía que no le avisaban de las reuniones de vecinos (y es que ya no tenía la cabeza para muchas cosas) y que ya no conocía a nadie de la escalera (que ciertamente, se está llenando de misteriosos propietarios de países del Este de Europa).
Con ella se ha ido también la última persona de toda una generación que ocupó las diferentes plantas cuando se inauguraron. Y con ella se van también todas unas buenas formas de vecindad que parecen haber pasado a mejor vida. Recuerdo lo contenta y descansada que se mostró cuando le dije que sí, que casi toda la escalera se vaciaba durante el verano, pero que no cundiera el pánico, que ahí permanecería yo para lo que necesitase.
No tenía intención de ir a su funeral, por compromisos familiares previos, pero una comida que se ha acabado insospechadamente pronto me ha ofrecido un hueco que he aprovechado para acercarme. Aunque inicialmente me he sentido como un intruso en medio de toda su numerosa familia, no me he arrepentido.
Siendo ella muy religiosa, un sacerdote, que ha cumplido discretamente (es decir, sin ostentación ni protagonismo) con su cometido, ha oficiado el funeral. En el altar he apreciado, colocada para la ocasión, una miniatura de la Virgen de Montserrat, en alusión a su patrona, de la misma forma que le ha despedido el auditorio a coro -con una voz femenina que no sé si correspondía a una familiar o a una cantante profesional, pues lo hacía muy bien- entonando un Virolai que me ha sonado en esta ocasión a íntimo y cercano. Poca cosa que señalar sobre una (muy corta) ceremonia religiosa que ya prácticamente sólo conozco por actos como éste. Únicamente que he observado por primera vez que se han adaptado a los tiempos y la orden de ponerse en pie, que antes era taxativa y universal, ahora la preceden de un “los que puedan”. Y -esto ya lo había visto en otras ocasiones, chocándome, dada la educación recibida, siempre- que se aplaude no sólo las declaraciones de familiares o amigos, sino hasta el sermón del cura.
Han pasado por el atril sobrinos suyos para decir unas palabras en su recuerdo. No ha podido con la emoción, que le cortaba la voz, un sobrino, quien me parece ha sido el principal organizador del acto, y entonces ha dicho que, en su lugar, leería el mensaje que les ha enviado la cuidadora que estuvo con ella hasta el último momento, pues les había parecido muy bonito. Cada vez que la emoción le vencía, achacaba la parada a una coma mal situada. Han habido unas cuantas.
Y la ceremonia en sí ha acabado con un carrusel de fotografías sobre diferentes momentos de su vida, culminadlas con un par de grabaciones de vídeo. Como pasó hace años con su hermano, se ha vuelto a descubrir que los Xalabarder tienen mano en eso de escoger fotografías esenciales. Lo proyectado ha permitido descubrirnos, primero, que Montserrat fue una niña con unos ojos y mirada muy profunda. Luego cómo se preocupaba por sus sobrinos, cómo las gafas pasaban a esconder esos ojos con las que ya la conocí (genial esa foto de ella, tan suya, en su sillón, leyendo La Vanguardia) y, finalmente -con ella contestando a una pregunta sobre sus deseos sobre qué hacer en el futuro, mirando a cámara- su carácter irónico y potente.
lunes, 28 de abril de 2025
El apagón
Aislados e incomunicados en casa, sin kit de supervivencia de tres días, y por lo tanto sin radio con pilas con la que poder oír las noticias o las instrucciones de comportamiento de nuestras queridas autoridades, a lo que sumar el no tener a disposición por la proximidad un bar de referencia al que acudir a confrontar habladurías e intercambiar bulos, la inmersión en la lectura de libros (de papel, obviamente) ha sido la única salida.
Claro que alguna de las lecturas remite en seguida a las circunstancias actuales, como se verá por lo que transcribo.
En carta del 29 de octubre de 1962, Helen Scott, según constata el libro de su correspondencia entre 1960 y 1965, le escribe a François Truffaut lo siguiente:
“La tensión de esta última semana ha sido terrible. Por lo que he sabido, muchas familias con niños pequeños han dejado Nueva York para dirigirse al azar, donde sea, a centros menos poblados que Nueva York. Por otra parte, gente que vive en el campo han venido aquí para estar cerca de los rascacielos, donde creían poder estar más al abrigo de las bombas. Yo soy muy fatalista y en ningún caso intento sobrevivir. Por el contrario, lo que temo es la atmósfera histérica y egoísta que, inevitablemente, acompaña a una crisis de este estilo, y de la que me convertiría automáticamente en víctima. Mis recuerdos del maccarthysmo están aún muy vivos y sólo pensar en tener que revivir ese calvario me ha consternado y aún me inquieta”.
La crisis de los misiles en Cuba vivida en directo…
jueves, 27 de junio de 2024
La aceitera de latón
En esta red social que se está quedando en red que enlaza sólo a unos cuantos, suelen interesar las confidencias personales. Brindo con gusto una, asociada a la fotografía que he hecho y cuelgo, de una recuperación personal (material y mucho más) de la que me siento muy satisfecho.
Mi abuelo, como es natural, era un señor de otra generación, de esa con sombrero, chaleco y, en su caso, en verano hasta gorra estilo francés. Cuando una angina de pecho que un prestigioso cardiólogo no tuvo forma de atajar se lo llevó para no volver, yo debía tener unos quince años, pero me había dado tiempo hasta entonces para captar ciertos rasgos de su personalidad y costumbres.
Unas estaban definidas fácilmente por una serie de elementos ligados con su (compartido con su mujer) automóvil: unos guantes agujereados para conducir que dejaban escapar los dedos (un complemento que me parecía, no siendo su coche precisamente un bólido de carreras, bastante ridículo), unos cristales opacos a superponer a las gafas y defenderse así del sol mientras conducía, una Nénette, una buena serie de sólidas, desprendedoras de buen olor y agradables al tacto gamuzas (que ahora me gustaría tener para limpiezas caseras) con las que abrillantar la carrocería del coche,… y esta aceitera para volver dócil y manejable cualquier tornillo que se le resistiera o para hacer fluidos los engranajes del automóvil.
La aceitera, pues, perteneció a mi abuelo, de él pasó a mi padre (recuerdo que en alguna ocasión, tras obligarnos a dejar bien limpia la bicicleta, se acercaba con ella en mano y aplicaba un par o tres gotas de aceite a la cadena y al mecanismo de accionamiento del freno) y ahora una hermana mía me la ha cedido gentilmente, para seguir la tradición.
Escribiendo esto, ya totalmente vacía y seca, la sostengo entre el pulgar, índice y dedo medio, presiono con el pulgar dos o tres veces el disco metálico por su centro y ofrece entonces un ruido sordo reconfortante, clavado en el recuerdo, de plancha metálica cediendo y recuperando su posición.
Lo que no sé es si la debería limpiar o conservar la pátina que le ha otorgado el uso y el tiempo. Se admiten sugerencias al respecto.
miércoles, 27 de septiembre de 2023
Siguiendo el recorrido por Barcelona de Pasolini
Si se entra en la Facultad de Medicina por la escalinata y templete que da a la plaza, se coge el pasillo de suelo adamascado de la derecha y se mira a la izquierda, se verá un anodino y por lo demás desierto patio. En él, en el extremo más próximo a la entrada, están estos elementos que, cuando hace unos días los fotografié, aún tenían agua acumulada por las recientes lluvias. Más complicado es deducir qué son y qué hacen allí. Me propongo explicarlo, pero me alargaré un poco.
Por el 2014, el Grupo Pasolini Barcelona, creado al efecto, se planteó organizar una serie de actividades de diferente tipo para celebrar el 40 aniversario de Pasolini. Una de ellas era una película que, finalmente, se encauzó hacia una mirada investigadora sobre las visitas que a lo largo de su vida había cursado Pasolini a Barcelona.
El acto de más peso de Pasolini en la ciudad tuvo lugar, por diversas razones que ahora no vienen al caso, en un escenario como mínimo peculiar: la sala de disección de cadáveres de la Facultad de Medicina.
Algún amigo (porque participó en el capítulo de facilitar contactos para poder conocer a fondo el sitio) sabe de los mil y un cambalaches hasta poder gozar de ayuda de la Jefa Administrativa del lugar y poder moverse por doquier sin problema, permiso de rodaje con sólo razonables restricciones incluido.
Resumo: la visita a la sala donde hacen actualmente disecciones -previa advertencia de que no suele pasar, pero que quizás me encontrara con un brazo, una pierna o algún otro trozo humano que no esperaba ver- no creo que se me olvide nunca. Por estar a la que salta por si aparecía algo de eso, pero en especial por su singular guardián, el único que ya andaba por ahí en los años 70.
La sala no tiene nada que ver con la que pudo conocer Pasolini, porque le afectó recientemente una radical reforma, según me comentó el gerente, que señaló que el único elemento que quedó de la versión antigua fue esa serie de picas que querían tirar, pero dijo de dejarlas ahí.
Entre que la sala no era la de la época y que las mesas de disección no le parecieron (eso con razón) nada del otro mundo, Hilari no quiso saber nada de esa secuencia con aproximación paulatina al Clínico, paso por el pasillo hecho misterio rítmico por su pavimento, entrada subrepticia en la necrofílica sala del piso subterráneo (con plano de su letrero) y, no sé cómo, desembarco en las mesas de disección.
Creo que fue un error, porque desde luego no podía recuperarse el espacio, pero no importaba demasiado: la misma memoria de los asistentes constatamos que les jugaba muy malas pasadas, pensando en un lucernario y anfiteatro espectacular… que nunca en la vida había tenido.
Y la secuencia, así pensada, tenia su qué.
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