domingo, 9 de noviembre de 2025

Antoni de Moragas. Paname


Sé que tienen un papel paliativo dentro del proceso ese del duelo, pero voy teniendo el convencimiento de que este tipo de ceremonias, para no ser tan dolorosas entre la gente realmente afectada por el fallecimiento, iría bien hacerlas pasado, no sé, del orden de un trimestre, seis meses o incluso un año. Así permitirían a todo el mundo de ese círculo, sin dejar de emocionarse con el recuerdo inmediato, poder expresar sin miedo a morir en el intento todo lo que el recuerdo de quien se despide, bien aquilatado, incluso con los claroscuros que toda personalidad fuerte tiene, les dicte. Lo digo sin mucho convencimiento, claro, porque entre otras cosas, a ver dónde y cómo estaremos cada uno dentro de un tiempo, si es que estamos.
Hoy, la despedida de Antoni de Moragas había transcurrido sin dramas sicilianos, con apenas mínimas roturas de voz y además cuando el trabajo encomendado estaba ya hecho. Enfocaba ya Leo Ferré el final de su “Paname”, dando un vistoso toque final a la ceremonia, que permitiría salir de la sala de Les Corts con cierta prestancia a todos, cuando una personita aún no sometida a ningún compromiso social, su nieta, ha debido notar los ojos llorosos de su padre y darse cuenta que, aunque la música que se oía invitaba a seguir brincando con la alegría con la que había brincado poco antes por los sofás de por arriba, la cosa no debía tener nada de alegre, sino todo lo contrario, y ha prorrumpido en unos descarnados, continuos y desconsolados sollozos, traspasando a todo el auditorio la profunda naturaleza del motivo de la reunión.
Independientemente de este detalle, la ceremonia, totalmente laica, aguantada y admitida como tal por personas muy próximas de gran convicción religiosa, planificada perfectamente, ha resultado de una sobriedad enorme, poco frecuente en este tipo de actos.
Antonio de Moragas, ya sabedor de lo irremediable de su muy próximo final, sabiendo que iba a finalizar su recorrido por este mundo suavemente, sin sufrir dolores, pensó que aún faltaba acordar cómo deseaba que fuera su funeral. Alguna sugerencia específica le oí de sus propios labios y ha sido cumplida a pies juntillas, pero sin fuerzas para asumir él la disposición de todos los detalles, extendió su dedo índice y dio un nombre de quién le gustaría que la estructurase, así pudiendo desentenderse él del tema con absoluta confianza. El nombre que dio fue el de Jordi Ibañez, a quien dispensaba una admiración grande y le ha tocado velar en este entierro (nunca mejor dicho).
Jordi Ibáñez habló con el hijo de Antoni y entre ambos acordaron que habría simplemente una serie de intervenciones todas sucediéndose entre una canción inicial y una final, y con el fondo de una fotografía suya, no sé si en su antigua casa de Begur, que creo había visto alguna vez, pero que no ha habido forma que encontrara entre sus fotos de Facebook, que he recorrido de arriba hasta el límite inferior que me ha permitido la tableta sin éxito alguno. Es por eso que en vez de esa foto cuelgo aquí otra suya que, aunque no esté del todo bien enfocada, veremos luego, por la presencia del puente de Triana y del Guadalquivir, que viene también a cuento.
Antes de todo eso, ha salido a dar la bienvenida a los asistentes su hijo, Antoni-Italo, (que, entre paréntesis, me ha confirmado el concepto que tenía de él como buenísima persona, que ha alcanzado momentos de compenetración y compañerismo con su padre importantes) y ha sido él mismo quien ha mencionado finalmente cómo se desarrollaría el acto, explicando antes, con cuatro frases, muchas de las características de ese padre que le tocó en suerte, que todos los que lo conocieron podrían confirmar. Lo que más me ha llegado y he retenido ha sido su explicación inicial del nombre con el que le bautizaron. El Antoni parecía destinarlo a seguir la saga de varias generaciones de arquitectos, aunque luego su padre, haciendo gala de amante absoluto de la libertad que le definía -ha explicado-no le reprochara nunca su abandono de esa carrera tras cursar su primer curso, su paso a Filosofía (que sufrió igual suerte) y finalmente a Matemáticas, sino al contrario, le apoyara en todo lo que fue decidiendo. Más difícil fue pegarle el Italo al Antoni, porque no se admitía oficialmente tan extraño nombre, ajeno al santoral. Fue empeño de Antoni de Moragas -nos ha explicado esta mañana su hijo- lograr que el cónsul de Italia en Barcelona le diera una carta desarrollando lo común y hasta popular que es ese nombre en ese país, y que firmaba con su nombre propio: Italo. Más tarde Antoni-Italo ha narrado cómo pasado el tiempo desembarcó para sus estudios y amó el país en el que ya le había introducido, con su nombre, su padre. Y cómo su padre se constituyó en el que más viajaba para ir a ver a su hijo a las ciudades de sus estudios y, de paso, volver a esa Italia que tanto le entusiasmaba. Los que le seguíamos por Facebook dimos buena cuenta de esas estancias y de su aprecio por la escasa luz nocturna de las ciudades italianas, de su entusiasmo visceral ante la Piazza de la Annunziata de Florencia y otros varios lugares italianos muy vividos por él.
En este sentido, Jordi Ibañez había escogido, para hacer un emparedado con ellas y las intervenciones, dos canciones francesas. En la primera Yves Montand cantaba “Les temps des cerises”. La segunda, ya lo he mencionado, era el “Paname” de Leo Ferré. Y también, pienso yo, habría podido ser una canción italiana. Pero ya ha estado bien así: no me imagino yo sonando en ese entorno a Gino Paoli -a quien también estimaba mucho- cantando eso de “Ti voglio cullare, cullare…” del “Legata a un granello di sabbia” de Nico Fidenco, ni a Giorgio Gaber, con el que disfrutaba de lo lindo, cantando algo como “Il Conformista”.
Tras “Les temps des cerises” ha aparecido Jordi Ibáñez, quien ha explicado que no podía de ninguna manera rechazar un tal encargo, y explicó, básicamente, su relación con él, sin ahorrar cierta ironía que todos entendimos. Dijo haberlo conocido en dos etapas. Primero, creo recordar que en 1997, en que aparecía ante su grupo (supongo que sería el grupo que instigó la presentación de la candidatura de Pasqual Maragall a la Generalitat), ha dicho que suponía que enviado por Maragall, para saber bien qué tramaban. Era entonces para ellos una persona mayor, que los miraba con cierta distancia despectiva, como diciendo “qué es pensen aquests!” La segunda ocasión las tornas cambiaron. Antoni Marí, que abandonaba la Universidad, le pasaba en cierta forma el relevo, y quiso presentarle una noche de Navidad a Antoni de Moragas. Él iba a montar unos cursos sobre los años 60 y Antoni (que me explicó cien veces que eso de ir ahí de oyente le cambió la vida), asistió a sus clases y siempre era el complemento perfecto -esto lo ha dicho ya Ibañez- para ofrecer su conocimiento directo de los hechos, ofreciendo su amplia batería de anécdotas, que hicieron las delicias de profesor y alumnos. Ahí se forjó su amistad. Luego -completó- le sugirió escribir sus memorias, de forma que él empezó a pasarle en ficheros de WhatsApp escritos sueltos anécdota a anécdota “tal com raja” (cosa que confirmo, porque a mí también me pasó muchos de ellos, que faltaban poner en solfa, pero contenían cosas geniales) y le facilitó un par de alumnas que, en un “Stage Antoni de Moragas” que recordarán toda su vida, le corrigieron y estructuraron un poco toda esa catarata lanzada. Aquí hago yo una anotación inevitable. Le había prometido a Antoni editar sus memorias Jordi Herralde, pero éste se jubiló, Anagrama tenía cada vez más presencia del Grupo Feltrinelli, la situación editorial era ya casi la que es en estos momentos, y si no le negaron taxativamente la edición de su libro, cuando menos le dieron unas largas que acabaron con su paciencia, vio la posibilidad de editarlas en +Bernat y allí lo hizo. Sus memorias, que sacó con el título de “Un intrús benvingut”, contienen cosas geniales, que realmente lo retratan y las hacen muy divertidas, pero están llenas de errores de todo tipo, con repeticiones que también habrían podido suprimirse si, como merecían, hubieran tenido una buena editorial detrás, si es que eso sigue existiendo hoy en día.
La presencia de su faceta como arquitecto en los recuerdos se ha dado luego mediante la presencia en el atril de dos arquitectos mucho más jóvenes que él. Soy fatal fisonomista y tengo nula retención para los nombres. He ido sin tableta y no he tomado en la libretita más que -literalmente- cuatro notas, contando -erróneamente- para lo demás con mi memoria, que a estas horas ya es un coladero. La primera nota era para buscar ahora el apellido del primer arquitecto, que tenía un nombre propio muy sonoro y con eso y el apunte de que fue socio de Manuel Gausà pensaba encontrarlo, pero no ha sido así. Tampoco ha servido de nada que me apuntara la obra que ha comentado hizo colaborando con Antoni (segundo apunte). Vamos, que en internet estará todo, pero yo no sé encontrarlo.
La tercera nota sí me sirve para ahora recordar una de las anécdotas que ha explicado sobre la habilidad de Antoni para engatusar a sus clientes: fueron a una entrevista con Pedro Baleñá como cliente, y lo primero que hizo fue darle una foto de su padre en la plaza de toros viendo torear a Manolete (creo que debe ser una foto de Català Roca, auntentico tesoro, que tenía en su casa en sitio preeminente). Ni que decir que la entrevista fue viento en popa y el contrato se estableció a satisfacción.
La cuarta nota que he tomado en la libretita es el nombre del otro arquitecto, del que sí me sonaba su cara por algún encuentro previo. Se trataba de josé Toral, y ahora he atado rápidamente cabos: del despacho de arquitectos, con obras magníficas, Toral-Peris, habiendo yo conocido mucho más, gracias a Antonio -y la intermediación de Ozu- a ella. Sí he retenido que Toral es quien entrevista largo y tendido a Antoni en una de esas recientes “Converses desenfadades” del Giardinetto que ya he localizado en YouTube, en la que veo que va engranando muchas de sus anécdotas ligadas con la arquitectura y que, desde luego, veré con toda atención y un poco de nostalgia.
Por último ha pasado al atril Victoria Combalia, otra persona a la que sé positivamente que él tenía una gran admiración. Ella ha hablado entre otras cosas de la tertulia en la que primero en el Jose Luis y su continuación, y luego y hasta ahora en el Giardinetto, participaban una serie de notables tertulianos -ella también invitada- un día a la semana, y el hecho que en una de sus últimas compartidas (todo organizado entonces para hacerla en el piso inferior, debido a sus dificultades de movilidad de este último año) le confesó que esa era una de las pocas cosas que le animaban a seguir con vida.
Ha pasado lista de unos cuantos de los nombres que cita en el libro de memorias como amigos, y ahí me ha ensartado un dardo en el corazón soltando también el mío, y es que en verdad me cita, pues fui (¡qué duro se hace emplear este pasado!) su “gran amigo reciente de toda la vida”.
Vicky ha leído también el poema que Antoni vino a decir que quería saliera en su funeral. Un poema, posiblemente de los más logrados que escribió, que le emocionaba especialmente. Y ahora ya podremos ver cuánto tiene que ver con la foto escogida.
“Qué poco te queda rio para ser rio.
Guadalquivir, que tristeza!
Ser tan poco siendo tanto todavia.”
“El día que yo me muera
Echad mis cenizas blancas
Sobre los cauces del rio
Entre Sevilla y Triana.
Que se pierdan en Sanlucar
Como se pierden las aguas
Jugando a hacer caracolas.
Como me pierdo yo mismo.
Yo mismo, cada mañana.
Y que ya nadie me busque
Y que no me busque nadie.
Seré, como el horizonte:
Una línea desangrada.”
Queda dicho. Aunque ya se sabe que son cosas retóricas que se dicen. Tampoco nadie llevó las cenizas de Joan de Sagarra en un Bateau Mouche con todos sus amigos por el Sena, escuchando bellas canciones y completando la fiesta.

 

De vuelta de París

Botín obtenido en tres librerías de París. En esta ocasión, todo alrededor del cine.