sábado, 30 de agosto de 2014

Revistas


Las últimas que cuelgo ya del MACBA. En el muro exterior de las exposiciones temporales han puesto una cronología sui géneris, tachonada por las imágenes de unos cuantos libros y, sobre todo, revistas que se hicieron notar (o al menos yo las noté) durante las últimas tres décadas del s XX. De las que aparecen aquí, por ejemplo, seguí Star, Visual y Ajoblanco.
 

Conservo aún toda la colección de Los Cuadernos del Norte y –creo- Cairo.


La Luna de Madrid, Las Ciudades de la Luna de Madrid. La revista madre tenía un papel y formato difíciles para conservar y, ante la desesperación de algún amigo, que me retiró temporalmente la palabra por la acción, acabé tirándolas, junto con otras muchas colecciones (Ozono, El viejo topo, Sal Común,…).


sábado, 23 de agosto de 2014

Hallstatt y los problemas lingüísticos


1983: Llegamos tarde (sobre las 19,30h) a Hallstatt, la localidad austriaca que ha dado nombre a una cultura prehistórica y eso nos hizo dar con todos sus restaurantes ya cerrados, pero también negociar un buen precio por una habitación del hotel que ocupaba –y creo que ocupa- ese caserón amarillo.
Ya expliqué por aquí que uno de mis mayores bochornos lingüísticos quedó estampado en este lugar: Tranquilicé a Teresa –entonces comía más que ahora- de los fracasos continuados en los dos o tres sitios para comer del pueblo:
- No te preocupes. He visto que en el hotel ofrecían cosas para comer, y he retenido que anunciaban una Grobe Salade.
- Pero eso será una ensalada.
- Sí, pero con chorizo. ¿No recuerdas los grobe del Frankfurt de Pedralbes?
Mi desolación fue total al ver un plato –enorme, eso sí- repleto de una verde ensalada troceada, sin ningún aditamento. Desde entonces no se me escapa que la letra gótica que aparenta ser una enorme S equivale a una B, y que grobe quiere decir grande.
Otra foto que paso a guardar en otro fichero, retirándola del escritorio del ordenador.

 

jueves, 21 de agosto de 2014

Cao de Creus


Limpieza del escritorio. Hace muchos, muchos años, en el Cap de Creus. En el álbum los colores empezaban a oxidarse. La escaneé.
 

sábado, 9 de agosto de 2014

La Velosolex


Postals – 231
René Ravo – Réclame
(Centenaire Editions)
“Seguridad”, destaca el anuncio. Pero, con el peso del motor delante, y no digamos si llevabas a alguien atrás, la inestabilidad de la Velosolex era absoluta. Quizás era porque estaba hecha para las carreteritas y calles asfaltadas, en perfecto estado y con tendencia a ser planas, de Francia, mientras que aquí los caminos de carro eran puro bache, y las calles eran de todo, salvo uniformes.
Mis padres, asustados por la muerte de unos parientes por accidentes de motos (y uno de ellos de la forma más estúpida), no querían ninguna en casa, pero rápidamente vieron que durante el verano todos mis amigos (yo era el de menor edad) ya iban a todos lados en moto, y que si iba entonces de paquete el peligro era aún mayor, y se avanzaron regalándome una, pensando que con ella –casi una bicicleta-, el peligro se minimizaba.
Era el modelo “Gran Lujo” (luego también tuve un Citroën 2CV “Gran lujo”: he salido con querencias aristocráticas), había sido construida por Orbea y salió con un problema de fábrica que nunca pudieron arreglar: O iba frenada o no frenaba de ninguna forma. No sabe nadie cómo hacía para no perecer en la bajada (el tramo fuerte de subida lo debía hacer con enorme impulso previo, fuerte pedaleo y luego amplísimo zigzag o incluso apeándome al final) de las monjas, por ejemplo: Justo antes de llegar a la peligrosa carretera general, a velocidad supersónica, hacía un giro rápido a la izquierda, y me metía en el camino sin asfaltar, aguantando con energía el corcel , que empezaba y no paraba de votar de lo lindo. Si algún vehículo en dirección contrario me impedía ese arriesgado giro, bastante antes iba calando el motor, a ver si así disminuía un poco la velocidad, y me ponía a hacer una plegaria a mí mismo: “por favor, por favor…”.
La compensación de estas desdichas era ese look tan francés. Yo me ocultaba que era de vieja de mercado de ciudad provinciana o del viejete paysan de l’Auvergne, y pensaba en cambio en el Mr. Hulot de Jacques Tati, personaje elegante y educado donde los haya. En general, amigos y gente que se me cruzaba no teníab la suficiente cultura ni viajera ni cinematográfica, y no reían a mandíbula batiente porque la sorpresa de verme en tan extraño aparato los inmovilizaba.

 

De vuelta de París

Botín obtenido en tres librerías de París. En esta ocasión, todo alrededor del cine.