sábado, 9 de agosto de 2014

La Velosolex


Postals – 231
René Ravo – Réclame
(Centenaire Editions)
“Seguridad”, destaca el anuncio. Pero, con el peso del motor delante, y no digamos si llevabas a alguien atrás, la inestabilidad de la Velosolex era absoluta. Quizás era porque estaba hecha para las carreteritas y calles asfaltadas, en perfecto estado y con tendencia a ser planas, de Francia, mientras que aquí los caminos de carro eran puro bache, y las calles eran de todo, salvo uniformes.
Mis padres, asustados por la muerte de unos parientes por accidentes de motos (y uno de ellos de la forma más estúpida), no querían ninguna en casa, pero rápidamente vieron que durante el verano todos mis amigos (yo era el de menor edad) ya iban a todos lados en moto, y que si iba entonces de paquete el peligro era aún mayor, y se avanzaron regalándome una, pensando que con ella –casi una bicicleta-, el peligro se minimizaba.
Era el modelo “Gran Lujo” (luego también tuve un Citroën 2CV “Gran lujo”: he salido con querencias aristocráticas), había sido construida por Orbea y salió con un problema de fábrica que nunca pudieron arreglar: O iba frenada o no frenaba de ninguna forma. No sabe nadie cómo hacía para no perecer en la bajada (el tramo fuerte de subida lo debía hacer con enorme impulso previo, fuerte pedaleo y luego amplísimo zigzag o incluso apeándome al final) de las monjas, por ejemplo: Justo antes de llegar a la peligrosa carretera general, a velocidad supersónica, hacía un giro rápido a la izquierda, y me metía en el camino sin asfaltar, aguantando con energía el corcel , que empezaba y no paraba de votar de lo lindo. Si algún vehículo en dirección contrario me impedía ese arriesgado giro, bastante antes iba calando el motor, a ver si así disminuía un poco la velocidad, y me ponía a hacer una plegaria a mí mismo: “por favor, por favor…”.
La compensación de estas desdichas era ese look tan francés. Yo me ocultaba que era de vieja de mercado de ciudad provinciana o del viejete paysan de l’Auvergne, y pensaba en cambio en el Mr. Hulot de Jacques Tati, personaje elegante y educado donde los haya. En general, amigos y gente que se me cruzaba no teníab la suficiente cultura ni viajera ni cinematográfica, y no reían a mandíbula batiente porque la sorpresa de verme en tan extraño aparato los inmovilizaba.

 

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