viernes, 27 de junio de 2014

Plumas


Tanto expresé el placer que daba escribir con una buena pluma estilográfica, que me regalaron una Waterman que, si no era este modelo, era de lo más parecido. Algún percance catastrófico al margen, con resultados desastrosos en bolsillos de camisas frontales o interiores de americanas, manos y todo lo que resultaba a su alcance en el momento más inesperado, durante muchos años lo corroboré: un placer, un auténtico placer. Hasta parecía que uno escribía con mayor no sólo suavidad, sino también facilidad, pero además que lo que dejabas escrito calaba más, era más profundo.
Un día fui en casa a coger mi pluma. No estaba. “Ya aparecerá”, me decían, pero nada. Pasaron un par de años y, para acallar mis lamentos, me compraron otra exactamente igual. Una larga temporada en este sentido muy parecida a la anterior (alguna catástrofe, suavidad, buena escritura, y letra que se entendía mucho mejor que la de los bolígrafos) se sucedió.
Pasados los años –y veo ahora que una vida se puede relatar también pensando en el instrumento utilizado para escribir- una sonrisa me dio una buena noticia: “¡Apareció la pluma! Debí ‘recogerla’ junto a otras cosas y guardarla sin querer en un armario del cuarto de atrás…”.
Otro periodo con dos plumas idénticas a escoger, el descubrimiento de los Pilote, con características similares, pero sin catástrofes derivadas, el olvidarse de pensar siempre en las cargas de tinta, pero también lo fugaz de la carga del Pilote cuando se rellenan demasiados papelitos por aquí o por allá, o se corrigen textos escritos por ordenador por todos los bordes concebibles, hace que ahora escriba siempre con bolígrafo o –subrayado, notita- en lápiz, y que no me entienda luego la letra.
Pero me ha llenado de orgullo saber, por el libro de Carles Álvarez, que Julio Cortázar (entrada “Lapicera”) también usaba una Waterman.

(Como me ha dado pereza buscar una de las mías, la foto la he sacado de penhero.com.) 

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