miércoles, 2 de enero de 2019

Joan Guinjoan


Ayer murió Joan Guinjoan, uno de los creadores de música contemporánea que actualmente tienen más nombre entre nosotros. Ya no estaba nada bien, era muy mayor, pero seguía componiendo. La Residència d’Investigadors le ha encargado en los últimos años una serie de obras que, a primera vista, dirías que no sabría cómo abordar. Pero ahí lo veías componiendo nada menos que una sinfonía para el Sincotrón Alba, tras otra obra ligada a la estructura del genoma humano. Me lo imagino en su despacho, con la partitura delante, rascándose la cabeza y maldiciéndose del momento en que aceptó el encargo, pero poco después avanzando en el método de trabajo que se imponía él mismo.
Martí Rom y yo lo seleccionamos en 1997 cuando quisimos hacer una monografía (libro y documental) sobre un músico de nuestras latitudes en una serie que elaborábamos para la Associació d’Enginyers. Luego recibimos fuertes críticas por no haber escogido a Joaquim Homs, “que por lo menos es ingeniero”, nos dijeron. Pero Guinjoan, al margen de ser de Riudoms (muy cerca pues del amado Montroig de Martí Rom, hacia donde siempre barre), dio un juego enorme para la biografía y puede decirse que quedamos, tras ese año de encuentros continuos, amigos para los restos. Y eso ampliado a su mujer Monique (fallecida hace unos años, ella que era el sostén de Joan desde siempre) y su hijo François, profesor de la Politécnica con el que enseguida congeniamos.
Voy a decir yo también esas frases que tanto le disgustaban íntimamente, pero que ningún artículo sobre él dejaba de decir, porque le caracterizaban muy bien: todos acababan diciendo que de recoger las avellanas en el huerto de su familia, del arduo trabajo en esa tierra tan pedregosa, había pasado a estudiar para concertista de piano y, posteriormente, director y compositor. Pero que algo quedaba en sus obras de ese esfuerzo temprano.
Puestos a decir, como repasamos y oímos de sus labios todos los pormenores de su biografía, dejaré aquí la escena que me viene a la cabeza de entre todo lo que nos explicó. Es de una época durísima de su vida. Está viviendo en Paris para mejorar, ya mayor, como concertista. Como no tiene dinero, debe paralelamente trabajar en cosas de las más variadas. Una de ellas fue nada menos que como secretario de Don Jaime de Borbón y Battenberg, hijo de Alfonso XIII. Pero la imagen que me ha quedado es la suya yendo a tocar javas por la noche en el piano de “Au père tranquille”, un local vecino del mercado de Les Halles, frecuentado por gente de todo tipo, y entre ellos auténticos gangsters de pollar francés.
Era Joan Guinjoan un sufridor nato, muy nervioso, siempre preocupándose por cómo iba a hacer esto o aquello. Cuando tuvimos la larga entrevista ya del todo confeccionada, se la pasamos para que le diera su aprobación final. Leyéndola, se dio cuenta de que hablaba de Fulanito, pero no de Menganito, y nos pedía añadir un párrafo de su cosecha en que alababa a este segundo. Pero ahí no acababa la cosa. En una segunda lectura se daba cuenta que era imperdonable que no hubiera citado a Zutanito, y volvía a la carga. Al final, quien lea la entrevista, que había quedado inicialmente bastante bien, verá de tanto en tanto alguna frase laudatoria, quizás sin venir mucho a cuento, o prolongación de una previa. Era sobre alguien que no había salido en la conversación, y se hacía cruces porque no hubiera sido así. Quería quedar bien con todo el mundo.
Un tiempo después, Guinjoan nos dijo que el crítico musical José Luis García del Busto quería hacer un gran libro sobre él y que pedía incorporar en él un libro previo de Rosa Maria Fernández sobre su obra pianística y nuestra entrevista. ¿Cómo íbamos a negárselo? El libro, de gran tamaño, salió en 2003, editado por la SGAE, pero nos llevamos un buen disgusto, porque suele aparecer como propio de Garcia del Busto y tuvimos que vérnoslas y desearlas para que, por lo menos, nos dieran un ejemplar a cada uno. Es verdad que por algún lado dice que la entrevista es la que le hicimos nosotros, pero resulta que Del Busto también sacó en el libro toda una serie de colaboraciones y textos varios que habíamos recolectado pacientemente, y de éstos le vimos vanagloriarse como si fueran fruto de su esfuerzo. Pero en fin, eso, que nos dejó bastante escamados, es otra historia...
A través de Guinjoan, persona que entraba dentro de ese calificativo que ha quedado inutilizable por el uso abusivo que se ha hecho de él, entrañable, conocimos también al pintor August Puig y al pueblo empurdanés de Monells, donde rodamos parte del documental. No puedo pasar por ahí sin pensar en todos ellos...
Después nos hemos ido viendo de tanto en tanto, interesándonos por su salud, que hasta no hace mucho -cuando lo conocimos ya había padecido una serie de percances muy graves- era una típica salud de hierro de esas. Inauguraciones de nuevas obras, mesas redondas, homenajes,... Se fue haciendo un nombre importante de los que suenan cuando se habla de mundo cultural. Le pusieron su nombre a un instituto en su Riudoms natal (recuerdo su discurso ante Jordi Pujol, que asistió a su inauguración), se estrenó finalmente la ópera sobre Gaudí que hizo con Josep Maria Carandell, etc. Hasta me han dicho que hoy la noticia de su muerte era de las destacadas por los telenoticias. Pero yo sigo recordando cómo tuve el privilegio de llegar a comprender y apreciar, gracias a sus “clases particulares”, alguna de sus obras, para las que me creía totalmente negado.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

De vuelta de París

Botín obtenido en tres librerías de París. En esta ocasión, todo alrededor del cine.