sábado, 12 de diciembre de 2015

En el crematorio


Hoy he tenido la triste oportunidad de conocer por dentro este espacio de la ciudad. Por un momento he pensado en llevar una cámara, pero me he sacado rápidamente la idea de la cabeza, diciéndome que había de estar para lo que tenía que estar, y no para otra cosa. Por eso he colgado ahora la foto de la web de Cementeris de Barcelona.
Tiene un diseño que parece pensado para ceremonias de tipo “Eyes wide shut”, con esa cúpula piramidal y esos colores oscuros. Quizás se utilice únicamente para ceremonias laicas, no sé. Ya que es la antesala del crematorio digo yo que a lo mejor los cristianos ven lo de la resurrección de los cuerpos incompatible con que éstos se hagan previamente cenizas. En todo caso hay al fondo una especie de altar, desde donde hacen sus parlamentos los más allegados, y sobre el que –al menos ese era el caso de hoy- se proyecta todo un carrusel de imágenes que me han recordado mucho las que se suelen ver frecuentemente por los muros de Facebook.
Sabe mal, en este tipo de actos, ver que la gente, en general, en vez de explicar las cosas con la naturalidad con las que se explicarían en otro entorno, se piensan mucho sus intervenciones, pero intentan aproximarlas lo más posible a lo que creen que se debe decir en esas circunstancias. Hay un lenguaje adquirido, muy gastado, para decir ese tipo de cosas, lo que te permite abstraerte de qué estás haciendo ahí, hasta que alguien –la hija, por ejemplo- pinta con una frase llana el retrato que tienes en la cabeza y entonces llega, y duele.

Pero puestos a explicar cosas que llegan a lo más hondo, quizás la traca final, si estás concernido con lo que ha pasado y está pasando, tiene un efecto demoledor. El ataúd está colocado en esa plataforma negra del medio de la sala. Han colocado a su lado un retrato en el que el protagonista aparecía sonriente, jovial, lleno de vida. En una esquina un jarrón está lleno de rosas. La viuda se acerca, coge una rosa del ramo y lo deposita suavemente encima de la caja. Luego los hijos, los más allegados. Han quedado unas rosas. Y entonces, por muy de película americana que se vea robada la escena, acudes y convences de acudir a hacer otro tanto, porque –dices- él se lo merecía. Por el fondo una pareja hace sonar un violonchelo y un violín. No importa que no suenen perfecto. La situación te puede de todas todas. Y más cuando, depositadas las últimas rosas, un mecanismo automático hace que la caja con tu amigo desaparezca de tu vista para siempre, como tragada por la tierra. Se lleva consigo, momentáneamente, las rosas. 

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