Ha sido como el encuentro con un antiguo y querido amigo. Hace un tiempo (digamos que no tanto: la primera década de este siglo) no quedaba tranquilo hasta que aseguraba su presencia en la cartera que llevaba a un encuentro internacional.
En alguno de estos viajes ni llegaba a utilizarlo, pero de saber que me lo había dejado en casa el pánico me habría invadido. Contaba con él para descifrar esa frase de la transparencia que se me resistía, para encontrar una palabra precisa en mi temida próxima intervención. Si se daba una viva conversación ya era más difícil que pudiera contar con la traductora, porque llevaba un tiempo hacerla operativa en el fragor de una conversación, pero aún así en alguna ocasión eché mano de ella. No la llevaba, en cambio, a la reunión informal nocturna -cena o cervezas-. En esos casos era habitual que no captara el chiste o declaración jocosa de alguien -sobre todo de los norteamericanos o asimilados, los más crípticos-, pero para eso ya tenía preparada esa estúpida sonrisa social que tanto empleé.
No servia, como ahora llegan a hacer cada vez mejor unos cuantos traductores, para traducir una frase entera. Se quedaba en palabras aisladas y unas pocas expresiones corrientes. ¡Pero tenía todo el Collins dentro!
Di con ella al sacar de un armario, en busca de otro, toda una serie de trastos electrónicos. Sería con un gran dolor que cumpliría con ella la decisión que tomé de deshacernos de una vez por todas, acudiendo al centro de recogida de este tipo de trastos, de cámaras fotográficas, cables, cajas con instrucciones, y variopintos aparatejos de lo más obsoletos que llenaban el armario.
Por eso, sí alguien la quiere para su museo particular, se la donaría con gusto, sabiendo entonces que iba a caer en buenas manos, tranquilo por haberla salvado del desguace.

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