Lo dice Juan Marsé en una de sus libretas de notas, que están siendo editadas para darse a conocer, según he sabido por el artículo de Ignacio Echevarría que aparece hoy en “El Cultural”, de donde transcribo la cita:
“En el patio trasero de la casa de la abuela Consol maté un gorrión con una escopeta de balines, a menos de dos metros. El gorrión picoteaba algo en el suelo, de perfil, y le disparé dos veces, porque, a la primera, aunque le di, no se cayó. Entre el primer disparo y el segundo, mientras rendía la cabeza, el gorrión me miró con su ojito redondo, velado ya por la muerte. Esa mirada me acompañará el resto de mi vida.”
Sé de qué sensación está hablando. Con la escopeta de balines de un amigo, por el jardín- bastante salvaje- de su casa familiar de veraneo, apunté de crio a un gorrión posado en una rama horizontal bastante por encima de mi cabeza. El balín dio a la rama, entre sus dos garras, y el gorrión escapó volando.
Entré en la casa del amigo refiriendo, asustado, mi hazaña.
-¡Si le llego a dar no me lo habría perdonado nunca!- exclamé, pensando en lo que abría sido el calorcillo de su cuerpo agonizante en mi mano.
En ese sentido, tuve más suerte que Marsé: sigo recordándolo, pero con alivio. Nunca más volví a disparar a un ser animado.
(La foto de Juan Marsé, sacada de la Wikipedia, no sé quien la hizo).

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