Estando leyendo, en pequeñas diócesis, el dietario de 2014, “A trancas y barrancas”, de Miguel Sánchez-Ostiz, con hermosas entradas en las que cuenta que va a pasear por Baztán, a librerías de viejo y mercados de pulgas de Bayonas con sus hallazgos, me vienen a la cabeza –como le pasa a él en esas entradas- las (pocas, pero que dejaron huella) cosas vividas por Navarra, en donde sólo he estado tres veces.
La foto es de la primera, en una semana de vacaciones en Burguete, el pueblo vecino a Roncesvalles. Por los bordes de esa carretera entre ambos lugares, precisamente, íbamos comiendo y recogiendo fresas que dejábamos para comer de postre en el hostal. En esos paseos mi hermana pequeña, que no sale en la foto, tenía tanto sueño que se quedaba dormida caminando.
Allí volvimos en el último viaje familiar, con mis padres, cuando yo ya tenía 16. Y volvimos a hacer esta foto (bueno: otra que no he encontrado, ya los tres). Fue en otro más reciente, ya con Teresa, que comimos en el hostal y descubrí que en él residía Hemingway cuando iba a pescar truchas: Está decorado todo él con fotos alusivas.
Y otro día pondré alguna foto del proyecto de cortometraje que tenía. Un documental del médico de Aranaz, amigo de Baroja, que iba a verlo caminando desde Itzea, y se pasaban hablando en la mesa camilla de esto y aquello.

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